El Despertador

Lo masculino y el sufrimiento por el Poder

por | Oct 14, 2022

Creo que hablar sobre poder y masculinidad en estos tiempos es una oportunidad para reflexionar sobre las propias implicancias y mirar en conjunto esta construcción colectiva y subjetiva.  Hablar de poder y masculinidad se hace inevitablemente desde la propia vereda, desde la propia implicancia histórica.

Por ello, creo que también es una oportunidad para que poco a poco, paso a paso vayamos repensando qué es lo masculino y cómo está implicado con el poder.

Lo anterior es importantes, pues, si bien “lo masculino” aparece en la historia como dueño de muchos de los privilegios (fuera de la ley, de la norma), a su vez, hay un costo, un residual: una larga historia de carencias. Es decir, lo masculino tiene privilegios –es irrefutable-, pero también carencias, las cuales por lo general no están visibilizadas, lo que convierte a lo masculino–aunque no se vea a simple vista, digamos al mirar más en lo profundo- que quien encarna lo masculino es un sujeto sufriente y atrofiado, por lo menos en la construcción occidental de lo masculino.

Ahora bien, me atrevo a pensar que estos privilegios y estas atrofias son producto del poder y de la violencia que es inmanente a éste. En otras palabras, hay un padecimiento del poder y lo masculino no ha escapado a ello.

Considero legítima la tesis de que el poder y la violencia son sinónimos, pues el poder genera a partir de las relaciones, diferentes estrategias de conductas y condicionamientos sociales, que suelen pasar desapercibidos, pero que son muy violentos. Hay una acción del poder que produce sometimiento soslayado, el cual no se ve, pero se padece.

Me gustaría ilustrar estos aspectos mencionados, con una experiencia real y para ilustrarlo les propongo un ejemplo de una vivencia que tuve hace muchos años… Por allá entonces, cuando era estudiante de psicología me encontraba esperando la locomoción colectiva en la parada. Habían muchas personas y un joven de más o menos mi edad le propina una bofetada a su pareja un poco más joven que él.. la escena es muy incómoda, todos/as quedamos perplejos. En un arranque de defensor de las mujeres (nótese que hoy no pondría el acento en que era mujer, esto es una señal de cómo hemos ido mudando el lenguaje) le digo: “por qué le pegas?… no puedes pegarle a otra personas menos a tu pareja”. Hasta ahí todo perfecto, las personas alrededor asentaron la cabeza conforme con mi exhortación, pero acto seguido, la joven me increpa fuertemente con un tono de convicción absoluta: “¿oie qué te metis si él es mi pareja? Esta afirmación de la joven me dejó sin palabras, no supe qué decir. Algo de esta escena se me inscribió como pregunta escrita a fuego. ¿qué es la violencia?.

La violencia se puede entender de varias maneras pero una de ellas es la que hace una distinción entre agresión y violencia. Así diremos entonces, que la agresión a diferencia de ésta, se da entre iguales, o sea la relación es de sujeto a sujeto, se establece una relación horizontal (por ejemplo: dos animales que pelean por el territorio. Cuando uno de los dos se sabe perdedor se retira, y el otro vencedor deja de agredir). Pues bien, en la violencia, sucede justo lo contrario, en ella no hay escapatoria, la relación no es de sujeto a sujeto, sino que de sujeto a objeto. La relación, por lo tanto, lejos de ser horizontal, es vertical. En esta dinámica, el sujeto queda anulado, es decir, se anula su cualidad de “ser”. No puede escapar a ella, sufre opresión, pero no puede dar cuenta, no hay escapatoria. La única forma de escape sería igualar la fuerza.

Permítanme retomar el ejemplo de la escena que les comenté: ¿por qué alguien puede dar una bofetada a otra persona? ¿por qué alguien puede disponer de otro/a?. La respuesta es porque el poder a través de la violencia está actuando (sometiendo, anulando, etc). Acá podemos hacer un paréntesis en este tipo de violencia, pues no la sitúo tanto en un problema de la disciplina (de la psicología) sino que del Poder. En efecto, esta verticalidad sobre otro/a no guarda relación con que, por ejemplo, el joven que propina el golpe a su pareja no la ame (esto sería un problema de los afectos, principalmente psicológico). Entonces si uno le dijera, ¿por qué le pegas, acaso no la amas? El sujeto sin lugar a dudas respondería: ¿Por qué dices que no la amo? La amo con todo mi corazón, pero ella es mía. Y acá aparece el problema del territorio, de la propiedad privada, en última instancia del capitalismo. Queda así instalado un discurso del abuso y del mal trato: Le pego porque es mía, ella (o él, no importa porque de alguna manera quien violenta también es víctima de este poder) es de mi propiedad privada. La violencia entonces no es tanto una cuestión psicológica, sino que es un problema político, o sea que del Poder. El discurso de lo masculino actúa negando al otro como sujeto, incluso dando muerte a través de femicidios, etc. El costo ha sido alto, por ello esto debe cambiar.

La masculinidad debe cambiar, pues ella está lejos de ser un lugar de seguridad. Creo necesario abrir la construcción de lo masculino y su subjetividad y junto a esto reconocer que el poder ha generado un sujeto masculino: sufriente, limitado, carenciado y poco integrado. En otras palabras,  hay un costo invisibilizado, el cual no permite una realización plena, pues quedan muchos puntos ciegos. Estos puntos ciegos, son los mandatos de cómo ser hombre, de cómo expresar los afectos, de la exigencia de lo viril, hay un mandato donde tenemos que ser el príncipe valiente, el que protege y el que rescata, pero además ser encantador. Sólo podemos amar a la princesa, qué terrible… Es decir, el poder genera un dispositivo de cómo pensarse y actuar.

Sumado a lo anterior, todos/as tenemos más o menos una idea del género (estamos generalizados) lo que responde a una lógica binaria. Esta lógica binaria, es decir, hombre o mujer, homosexual o heterosexual, abarca prácticas, discursos, instituciones, valores, creencias, etc. Esta producción binaria del género implica una desigualdad porque los valores que se le asignan  al “ser hombre” o ser mujer tienen una lógica de dominación. Los que dominan son los que saben, vale decir, se estable una relación entre el poder y el saber, en este caso en lo que es ser hombre, ser mujer, etc. Incluso se podría pensar sobre cuál es el saber que produce la psicología, la pedagogía, la medicina, lo jurídico, sobre lo que es ser hombre, mujer, y la sexualidad. La pregunta ética que surge es desde qué lugar de saber acogemos el dolor de un paciente o el interés de un estudiante. Qué relación entre saber y poder se establece con otro/a que solicita ayuda. Esto determina la dirección de la cura o del aprendizaje.

Este discurso de saber sobre lo masculino entonces, ha generado una construcción subjetiva pero también colectiva de cómo ser y de quién ser. Resultando como ya lo he expuesto, en un sujeto masculinizado atrofiado pero,  además –y muy importante- quedando vulnerable en un sufrimiento silenciado el cual se transforma en vínculos y relaciones cuya expresión pueden ser la violencia física, verbal, violencia en y de las instituciones, etc.

Por lo tanto, hay que abrir este aspecto de la construcción de esta subjetividad de sujeto masculino que dado el lugar social que le ha tocado ocupar queda limitado, truncado, lo que implica dificultades para encontrarse integralmente y no disociadamente. Llevar esta tarea, es muy difícil pero es  uno de los caminos para que las relaciones no queden afectadas independiente de su género.

Ps. Mauricio Pizarro Castillo

Mauricio Pizarro Castillo

Mauricio Pizarro Castillo

 

Psicólogo Clínico y vocacional.
Especialista en Análisis Institucional y procesos de Grupos.
Magister en Educación en currículum y evaluación.
Profesor de Filosofía y Especialista en Inclusión Educativa.
Creador de la Fundación Abriendo Caminos para la inclusión Social
Creador de la Clínica Educativa para el desarrollo y análisis de los procesos de formación en educación.
Director de Círculos Grupales: diálogos, reflexión y masculinidades.
Es Jefe del Centro de Desarrollo Integral de la Liga Chilena contra  la Epilepsia.

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